- Associated Press - Friday, June 5, 2015

En medio de uno de los capítulos de su libro de consejos, Angela Ortiz escribió: “Como un joven con cáncer, tienes infinitas posibilidades”.

Ella está hablando de las “tarjetas de cáncer”, pases metafóricos que los pacientes de cáncer pueden usar para salirse de todo. Hasta de la escuela.

Ortiz no siguió su propio consejo.

Tras haberle sido diagnosticado linfoma de Hodgkin en su tercer año de secundaria, los médicos dijeron a Ortiz que tendría que dejar las clases por un año.

Pero ella siguió adelante, sin perder una sola tarea y sacando A en todas sus clases, mientras tomaba un montón de cursos de nivel de emplazamiento avanzado y de college.

Ahora, Ortiz ha pasado de planificar sus citas de quimioterapia de modo que no interfieran con su calendario de clases a escoger abrigos de invierno y cafeteras para su cuarto en la universidad. Tras graduarse de la Escuela de Estudios Avanzados (School for Advanced Studies, SAS) se va a Harvard, donde quiere estudiar neurobiología.

“De ningún modo iba a renunciar a esto”, dijo Ortiz.

El jueves, Ortiz subió al escenario del Centro Adrienne Arsht en el downtown de Miami para recibir su diploma de secundaria dos años después de su diagnóstico.

“Increíble, esta muchacha”, dijo su padre, Juan Ortiz.

Apenas dos semanas de empezar el año académico en una nueva escuela, se hizo evidente que Ortiz tenía algo serio. La adolescente, siempre muy saludable –cinta negra en artes marciales– no podía respirar.

Llenó una mochila de libros y nada más, y se dirigió a la sala de emergencia con su familia.

El diagnóstico no se hizo esperar: linfoma de Hodgkin. Tumores en su pecho y su cuello dejaban milímetros apenas para que el aire le pasara por la tráquea.

Los médicos dijeron que Ortiz, entonces en segundo año, tendría que perder el próximo año de la escuela mientras combatía su enfermedad. Su familia ni siquiera consideró la posibilidad de seguir ese consejo.

“Ama tanto sus estudios que decirle que no podía ir a clases hubiera acabado con ella”, dijo su padre.

Ortiz acababa de empezar el curso en SAS, una escuela pública del Condado Miami-Dade para estudiantes de tercer y cuarto año que está considerada como una de las más difíciles del país. A Ortiz la aburrían hasta las clases más avanzadas en su secundaria anterior, de modo que sus padres se sintieron aliviados cuando la aceptaron en SAS.

“La escuela siempre ha sido lo mío. A mí me apasiona estudiar”, dijo Angela Ortiz.

“Fue muy difícil para nosotros, mi esposo y yo, mantenerla ocupada y contenta. Esta es una chica que lee desde que tenía cinco o seis años. Nunca podíamos conseguirle suficientes libros”, dijo la madre de Ortiz, Aurea Hurtado.

Ortiz insistió en que sus citas para quimioterapia se hicieran para los viernes por la tarde, después de que terminaran las clases, para poder recuperarse durante el fin de semana. Hubo momentos en que la radiación la dejaba desorientada y sin energías. De todos modos, en su casa o en una cama de hospital, Ortiz aprendió por sí misma todo lo que sus compañeros de clase estaban aprendiendo en la escuela. Sacó una nota impecable en el examen de lectura del SAT, y lo mismo en literatura y composición avanzadas de nivel de AP.

“Nunca tuvo el menor desliz en lo que se refiere a sus resultados académicos”, dijo la maestra de inglés de Ortiz, Adrienne Pedroso. “Nunca pidió que le hicieran concesiones. Nunca pidió que la excusaran, o que le perdonaran tareas o pruebas. Hizo exactamente el mismo trabajo que los demás estudiantes”.

Aun cuando su familia hubiera preferido que descansara, Ortiz se llevaba libros a escondidas a las consultas del médico, o escribía sus tareas en su teléfono celular durante sus tratamientos.

“Yo no sabía que ella estaba haciendo la tarea ¡en esa cosita tan pequeña!”, dijo su madre. “Se ponía los audífonos y yo pensaba que estaba escuchando algo… y de pronto decía: ‘¡Sí! ¡Entregada a tiempo!’”

Ortiz insistía en regresar a clases tan pronto como le era posible. Se presentaba allí con la cabeza calva y un puerto en el pecho, un dispositivo colocado bajo la piel para facilitar el tratamiento. Sus amigos le llevaban la carpeta con los libros.

“Uno podía ver lo enferma que estaba, y era conmovedor, rompía el corazón ver a una niña sufrir todo eso”, dijo Pedroso. “Ella siempre se conducía con seguridad en sí misma y una sonrisa preciosa. Tenía todo un guardarropa de sombreritos distintos”.

El diagnóstico de Ortiz fue un duro golpe para su familia. Su padre, quien tiene 71 años, sufrió un pequeño derrame cerebral en el hospital poco después de enterarse de que su hija menor tenía cáncer. Pero, desde el principio, Ortiz descubrió que era más fácil lidiar con su diagnóstico si podía mantener a todo el mundo riéndose.

“Estoy segura de que eso es lo que me ayudó a mejorar tan pronto”, dijo.

De modo que Ortiz escribió una guía para adolescentes como ella, un panfleto lleno de consejos serios dichos con ingenio para hacer que todo “sea menos puñetero”. El pequeño folleto azul tiene un título largo: Una breve guía para el cáncer adolescente: escrita por una paciente adolescente de cáncer. También conocida como: un intento de hacerte reír mientras estás ahí sentado, aburrido y perdiendo el pelo.

En su panfleto, Ortiz recomienda una lista de películas, sobre todo películas para chicas. “Soy adicta a ellas. Les pido disculpas”, escribe. Hay una tabla para ayudar a los pacientes a recordar a toda la gente que entra y sale de su cuarto del hospital, y recomendaciones de dónde comprar gorritas tejidas elegantes.

Un capítulo se llama El humor: también conocido como tu mejor amigo.

“Va a haber algunos momentos con mucha, mucha tensión. Algunos momentos en que no vas a saber si reír o llorar”, escribe ella. “Bueno, si no tienes ganas particulares de empezar a echar agua en ese momento, pues siéntete en libertad de hacer un chiste”.

Ortiz está trabajando con The Sunshine Group, una agencia nacional sin ánimo de lucro que ayuda a niños con cáncer, para llevar el panfleto a los hospitales de todo el país.

“A ella la conmovió todo este mundo relacionado con el cáncer. Es como una maquinaria subterránea que no sabíamos que existía. Había mucha gente tratando de ayudar”, dijo Hurtado. “Ella quedó muy impresionada con eso, así que dijo: ‘Mamá. Yo necesito hacer algo. Yo quiero hacer algo”.

El cabello de Ortiz está creciendo de nuevo. Le llega justo debajo de las orejas, y es más rizado ahora que antes de que se le cayera. El jueves, en su graduación, se lo soltó y se puso un vestido verdeazulado y zapatos marrones de tacón bajo.

Su familia se prepara ahora para otro choque: Ortiz se va a Boston. Tiene una beca que pagará por todos sus estudios en Harvard. En una nota de cumpleaños que Ortiz escribió recientemente a su madre, prometió: “Haré que te sientas orgullosa de mí”.

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©2015 El Nuevo Herald (Miami)

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