- Associated Press - Saturday, February 14, 2015

Es amor del que alborota las maripositas en la panza.

Sus ojos brillan, sus corazones laten más rápido, al principio se miran tímidamente y sonríen. Unos minutos más tarde, no pueden separarse: se abrazan, se besan y las risas no paran.

Jessica Guilló, de 31 años, y Eduardo Uzátegui, de 33, han sido novios por cinco años. Pero cada vez que se ven, es como si fuera la primera.

Ha sido así desde que se reencontraron hace cinco años en el WOW Center, cerca de Kendall, un centro educativo para personas que como ellos, tienen algún tipo de discapacidad intelectual.

Un par de semanas después eran novios y desde entonces son inseparables.



Pero Eduardo y Jessica se conocieron mucho antes, cuando asistían a la escuela secundaria Southwest Miami Senior High en el 2001.

“Solo éramos amigos”, aclara Eduardo, un joven delgado, de pelo canoso y de hablar pausado.

Se graduaron en la promoción del 2004 y desde entonces perdieron el contacto. Eduardo tuvo una enamorada y Jessica salió brevemente con un chico.

“Pero no era como esto”, dice Jessica, una chica pequeña, de pelo negro y cejas pobladas que con frecuencia hace expresiones con sus manos para complementar sus palabras. “No era especial, no me hacía regalos, me hizo llorar por teléfono”.

Por eso es que Jessica anhelaba un día encontrar al amor de su vida.

El reencuentro

Cuando la puerta del salón de clases se abrió, Jessica saltó de su asiento y corrió hasta la entrada.

“¡Eduardo!”, gritó emocionada, mientras lo abrazaba. “¿Me recuerdas?”

“Claro que la recordaba”, dice Eduardo, quien había llegado acompañado de su madre a hacer un recorrido por el centro educativo.

A Ana María Uzátegui la reacción de Jessica la sorprendió.

“Fue impresionante, ella lo abrazó y fue como que el clic estaba ahí nuevamente”, recuerda Uzátegui, quien afirma que siempre quiso que su hijo encontrara el amor.

“El estaba feliz de encontrarla, es una niña buena, inteligente. Se complementan bastante bien y estoy contentísima con los dos”, asegura Uzátegui.

Y ahora los dos quieren estar juntos para siempre.

Las relaciones románticas e incluso las uniones matrimoniales entre personas con discapacidades intelectuales como retraso mental, Síndrome de Down o autismo han sido comunes por décadas.

“No es diferente que para el resto de la gente”, dijo Deborah Linton, presidenta de la organización The Arc of Florida, que asiste a personas con discapacidad en el desarrollo.

“Todos queremos tener conexiones sentimentales, amar y ser amados y cumplir con los estándares sociales, como el estudio el trabajo y el matrimonio”.

Cambio cultural

En el pasado las personas con necesidades especiales tenían poco poder de decisión sobre sus propias vidas, en parte debido a los estigmas negativos sobre las discapacidades intelectuales. Las leyes les prohibían casarse, y en muchos estados se implementaron programas de esterilización involuntaria, que ahora son ilegales. Usualmente eran internadas en instituciones mentales para poder recibir servicios y cuidados. Además, dependiendo de la condición o síndrome, la expectativa de vida de las personas con discapacidades rondaba entre los 20 y 25 años de edad.

Pero mucho ha cambiado desde entonces, de acuerdo con Linton.

“Ha habido un cambio cultural grande”, aseguró Linton, quien ha trabajado con The Arc of Florida por 34 años, y en el transcurso ha asistido a entre 20 y 30 parejas. “Muchos se han casado y tienen su propio hogar. En algunos casos deciden tener hijos”.

La reproducción y el sexo son asuntos en los que no se puede generalizar, aclaró Linton.

Expertos sugieren que es importante entender que las personas con necesidades especiales se desarrollan como todos los demás y experimentan la pubertad, y por lo tanto es un error calificarlos como niños eternos.

“Los padres y cuidadores deben entender que las personas con discapacidades de desarrollo en algún momento van a experimentar urgencias sexuales, y deben decidir de antemano cómo van a lidiar con ello”, explicó Linton. “Lamentablemente los casos de abuso sexual son comunes, y necesitamos enseñarles qué es el sexo, y qué significa dar consentimiento, además decirles que tienen el derecho a decir que no”.

Generalmente las personas con impedimentos intelectuales tienden a formar relaciones con personas con condiciones similares, y en muchos casos sus prioridades son encontrar comprensión y compañía.

“Como cualquier otra persona, buscan un compañero o compañera con los que compartan experiencias de vida. Alguien que pase por la misma forma de discriminación o que haya enfrentado los mismos retos, para sentirse comprendidos”, dijo Linton.

Una infancia difícil

Jessica, quien nació en Miami de padres guatemaltecos, es hiperactiva y perspicaz. Desde que era una bebé sufrió ataques de epilepsia que dificultaron su desarrollo.

Su padre, Herbert Guilló, describe la enfermedad como “una chispita en su cerebro que se encendía”.

“Los médicos no pudieron encontrar la medicina y la dosis correcta hasta unos años más tarde, cuando ya era un poco tarde”, contó Guilló.

Jessica tiene dificultad para hablar, y se le hace difícil pronunciar algunas palabras. A veces se frustra cuando no puede expresar sus ideas.

Entonces Eduardo sube y baja lentamente su mano frente a ella, como para calmarla, y la ayuda a completar las frases en inglés o español.

Cuando Eduardo tenía unos cuatro años, Uzátegui notó que actuaba con más lentitud que los niños de su edad.

“Siempre fue un niño muy inteligente, solo que le tomaba más tiempo hacer ciertas cosas, era más lento”, dijo Uzátegui.

Los médicos le diagnosticaron retraso mental. La familia decidió que quería brindarle una vida normal, y optaron por mudarse de su natal Perú a Estados Unidos, donde entendieron que había mejores condiciones para lograr sus metas.

“Queríamos que viviera la vida como todos la vivimos. Ir a la escuela, trabajar, tener una novia, de pronto casarse, cuidar la casa, ir al mercado, prepararse una comidita”, dijo Uzátegui.

Declaración de amor

Hace casi dos años, antes de que la madre de Jessica, Yolanda Guilló, falleciera de una enfermedad terminal, Eduardo fue a visitarlos acompañado por sus padres.

En la sala, rodeado de los padres y hermanos de Jesicca, se arrodilló, abrió una cajita con un anillo de plata y pequeñas piedras de circonita e hizo la pregunta.

“Jessica Guilló, ¿Quieres que estemos juntos para siempre?”

Para Jessica es un anillo de promesa de amor eterno. Eduardo, quien trabaja acomodando compras dos veces por semana en Publix, lo ve como la posibilidad de un día “compartir un apartamento juntos, con una cocina nueva”.

Jessica encoge sus hombros y admite que aún no está segura. “Es mucha responsabilidad”, agrega.

Primero tendrían que decidir quién lava los platos, algo que a los dos les desagrada. Jessica, quien es fanática de las princesas de Disney, aclara que ella no es Cenicienta. Eduardo ríe y dice que él tampoco es un príncipe.

De vez en cuando hay desacuerdos, por ejemplo sobre qué equipo de fútbol es el mejor.

“Discutimos un momento pero después lo hablamos y nos llevamos bien otra vez, es la manera natural”, dijo Eduardo.

Por ahora, Jessica y Eduardo son felices con verse unas tres veces por semana, ir de compras, al cine, a montar bicicleta o a cenar. A veces leen juntos o arman rompecabezas. Casi siempre sus padres los acompañan.

“Tenemos que apoyarlos, y estar ahí para ellos, en cada paso que den”, dijo Uzátegui. “Es un amor puro y sincero, se quieren y siempre piensa el uno en el otro”.

Tras una de sus citas semanales el miércoles, Jessica se despidió de Eduardo con un abrazo. El le pidió un beso y ella se sonrojó.

“Todos nos están viendo”, le dijo, y lo besó en la mejilla.

Siga a Brenda Medina en Twitter: @BrendaMedinar

©2015 El Nuevo Herald (Miami)

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