- Associated Press - Sunday, June 14, 2015

El gobernador de la Florida Jeb Bush estaba de pie en el centro de operaciones de emergencia en Tallahassee en septiembre del 2004 cuando su jefe de transporte le dio la devastadora noticia: el puente de la I-10 en la Bahía de Escambia, al este de Pensacola, se había derrumbado arrastrado por el huracán Iván.

Bush se inclinó hacia el jefe de transporte, un ingeniero de Miami nacido en Cuba, y dijo, en español, lo primero que le vino a la mente: “¡Qué cagazón!”

Fue un momento de pura jerga cubana en un hombre que, casi un cuarto de siglo antes, había llegado a Miami para tratar de triunfar en los negocios y la política. Pero, por mucho que Miami –y su cultura cubanoamericana– hayan dejado su marca indeleble en Bush, él también ha dejado su huella en Miami: él trascendió dos culturas –una estadounidense, la otra hispana– y se convirtió en un cubano americano honorario.

Jeb Bush, de 62 años, anunciará su postulación a la candidatura republicana a la presidencia este lunes en el recinto del Miami Dade College en Kendall, uno de los muchos corazones del Miami cubano, y se presentará como un empresario y político de éxito por derecho propio ante un país que lo conoce como el hijo y el hermano de dos ex presidentes.

No hay duda de que Bush tuvo ventaja en Miami gracias a sus conexiones familiares. Pero él es un producto de la ciudad tanto como lo es de ser uno de los Bush.

En un campo republicano para el 2016 que incluye a dos cubanoamericanos de sangre –Ted Cruz y Marco Rubio – Bush es el único que habla español en la casa. Él se refirió el mes pasado a su esposa mexicana, Columba, en un video para el Día de las Madres como Abue.

“El es prácticamente cubano, lo único que es más alto”, dijo de Bush un joven legislador estatal cubanoamericano en el 2002. “Habla español mejor que algunos de nosotros”.

¿El nombre del legislador? Marco Rubio.

Pero la asimilación de John Ellis Bush dentro del exilio cubano va más allá de asuntos de idioma y estilo. La misma da forma a su manera de ver el mundo, con sus precisas distinciones entre buenos y malos, y ayuda a explicar su insistencia de campaña en que la gente tiene derecho a “subir, alzarse”, un mensaje arraigado en las aspiraciones de los inmigrantes de Miami y sus descendientes.

“Somos en muchos casos un producto de la inestabilidad política de muchos países”, dijo Jorge Arrizurieta, quien ha sido amigo de Bush durante décadas. “Así son muchos de sus amigos más cercanos”.

Para los leales partidarios cubanoamericanos de Bush, no es traición alguna apoyar a Bush en vez de a Rubio, quien fuera su protegido.

“Jeb es cubano. Es nicaragüense, es venezolano”, dijo la representante federal Ileana Ros-Lehtinen, una de tres republicanos cubanoamericanos de Miami en el Congreso, todos los cuales han dado su apoyo a Bush. “El sello del sur de la Florida está en su ADN”.

Miami completó la asimilación de Bush a la cultura hispana, pero él llegó siendo ya un latino en ciernes.

Bush, oriundo de Texas, se mudó a Miami justo al salir de la campaña presidencial de su padre en 1980, cuando Jeb hizo campaña en la Florida y en Puerto Rico. Antes de eso, Bush y su familia recién estrenada habían pasado dos años en Caracas, Venezuela, donde él trabajaba para el Texas Commerce Bank. Se había graduado de estudios latinoamericanos en la Universidad de Texas para acercarse a Columba Garnica Gallo, la mujer que conoció en un viaje a León, Mexico, en 1971 cuando estaba todavía en la secundaria.

Miami, donde vivían la hermana y la madre de Columba, era en 1981 una ciudad llena de tensiones, sacudida por revueltas raciales y guerras por la cocaína, y pasando trabajo para absorber a decenas de miles de cubanos –entre los que se contaban serios criminales– que habían llegado en el éxodo del Mariel. No obstante, para un joven con nacientes ambiciones políticas buscando abrirse paso por sí mismo, la ciudad parecía llena de oportunidades y contaba con una floreciente cultura latina.

A los 29 años, Bush, su esposa y sus dos hijos, George P. y Noelle –más tarde tendrían un tercero, Jeb Jr.– se quedaron a vivir en lo que era entonces East Perrine, y ahora es Palmetto Bay. El urbanizador Armando Codina, un cubanoamericano que había sido el coordinador local de la campaña presidencial de George H.W. Bush, le ofreció trabajo como vicepresidente ejecutivo de IntrAmerica, una firma de inversiones de bienes raíces.

En una ciudad de soñadores y malandrines, los negocios de Codina y Bush no salieron siempre como se planeaban. Un caso particularmente escandaloso incluyó al notorio cubanoamericano de la salud Miguel Recarey, quien convenció a Bush para que interviniera a nombre suyo para conservar los fondos de Medicare que le pagaba el gobierno federal. Recarey fue luego encarcelado por cargos de soborno, huyó del país y se mantiene fugitivo hasta la actualidad.

“En ese entonces, no me pareció que estuviera lidiando con un estafador”, dijo Bush en 1994. El nunca fue acusado de hacer nada impropio.

La asociación de Bush con Codina hizo de él un hombre rico. Su sueldo inicial de $41,000 en 1981 había escalado a $186,000 cinco años más tarde. Sus ingresos pasaban de $1 millón hacia 1992, y su patrimonio neto era de $2.3 millones dos años más tarde, cuando se postuló para gobernador por primera vez.

La campaña de Bush denegó una solicitud de entrevistar al candidato. Al preguntársele sobre sus años formativos en Miami, les dijo a los reporteros a principios de este mes que a él y a su esposa les había “encantado vivir aquí”.

“Es un lugar dinámico, lleno de aspiraciones. Se ve como si fuera el futuro de Estados Unidos”, dijo Bush. “Yo viviré allí el resto de mi vida”.

Mientras se hacía de un nombre en el mundo de los negocios, el joven Bush no pudo resistir la atracción de la política. Para 1982, un año después de su llegada, él estaba grabando un anuncio radial de campaña enfocado en los hispanos, especialmente los cubanos, dada su incipiente influencia.

Para 1983, Bush había sido electo para formar parte del comité ejecutivo republicano local. En 1984, se estaba postulando a la presidencia del mismo.

“Había algunos en el Partido Republicano, créanlo o no, que consideraban que un cubano debía ser presidente del mismo, y no lo querían a él”, dijo Tony Cotarelo, a quien Bush contrataría más tarde como director ejecutivo. El oponente de Bush alegó, de forma descabellada, que el presidente cubano Fidel Castro se beneficiaria de que Bush saliera electo.

(Años más tarde, Bush llamó la atención de Castro en la vida real. En 1991, el vicepresidente de Castro culpó a Bush de envenenar las relaciones entre La Habana y Washington. Y en el 2005, el mismo Castro llamó a Jeb –quien estaba entonces mucho más grueso– “el hermanito gordo de la Florida” del entonces presidente George W. Bush. Jeb se declaró honrado de ser considerado como el malo de la película.)

Bush ganó la presidencia del partido republicano, y se esforzó por hacer crecer el partido en lo que era entonces un bastión demócrata.

En 1986, el nuevo gobernador republicano Bob Martínez designó a Bush como secretario de comercio. Bush duró dos años en ese puesto, y luego regresó a Miami para ayudar a su padre a asegurar la nominación presidencial.

El padre necesitaba a su hijo: los cubanos nunca sintieron el mismo entusiasmo por Bush padre que por Reagan. Jeb se lanzó a las estaciones de radio en español para tranquilizarlos: no, su padre no normalizaría las relaciones con Cuba. El demócrata Michael Dukakis sí podría hacerlo, advirtió Jeb en la Convención Nacional Republicana de 1988.

Con su padre en el cargo, Bush se convirtió en un embajador de los exiliados de Miami –tanto los cubanos como los nicaragüenses– quienes lo presionaron más que nunca antes en busca de acceso a la Casa Blanca. Bush los complació.

En 1989, Bush visitó al hijo del extremista cubano detenido Orlando Bosch, William Bosch, quien se había declarado en huelga de hambre exigiendo atención de parte del Presidente. La visita “humanitaria” de Jeb fue vista como una señal de apoyo que hizo más difícil para el presidente Bush deportar a Bosch, quien acabó siendo puesto en libertad.

En 1991, Jeb presionó a su padre para que apoyara una resolución de la ONU contra las violaciones de los derechos humanos en Cuba. Eso sucedió justo después de que él ayudara a disuadir a las autoridades estadounidenses de que negaran asilo político y deportaran en masa a los refugiados nicaragüenses.

(Ese mismo año, la criada de Bush, quien tenía permiso de trabajo, fue deportada a Honduras luego de que su petición de asilo le fuera denegada. Agentes de inmigración la recogieron en casa de Bush; él había pagado los impuestos federales a los ingresos de ella y los correspondientes impuestos de Seguridad Social como lo requería la ley).

Bush fue electo en 1998 y reelecto en el 2002 con fuerte apoyo de los votantes hispanos, como señal de su agradecimiento por su compromiso a favor con la comunidad de ellos. Acabó siendo bautizado por el senador federal Mel Martínez como el “primer gobernador cubanoamericano” de la Florida.

En Tallahassee, Bush criticó a su hermano –el Presidente– por devolver a Cuba a 12 personas sospechosas de haber secuestrado un barco como parte de un acuerdo con el gobierno de Castro. Firmó un proyecto de ley que prohibía los viajes a Cuba de las universidades públicas, la única ley de ese tipo en toda la nación.

En la tarde del lunes, el ex gobernador compartirá su historia personal con todo el país, algo que a él se le ha hecho difícil en ocasiones desde que comenzó a prepararse para hacer campaña en diciembre. Un elemento central de esa historia será Miami, que ha estado siempre a su lado en las buenas y en las malas.

Alex Leary del Tampa Bay Times contribuyó a este reportaje.

©2015 El Nuevo Herald (Miami)

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