- Associated Press - Tuesday, May 19, 2015

A sus 96 años, es mucho lo que ha reído y llorado Amelia Naranjo; y aúnque la artritis no le da tregua y ya casi no la deja jugar dominó con sus biznietos, no pierde ni la alegría y ni las ganas de vivir que las expresa a través de una sonrisa contagiosa.

Quien no la conoce y la ve tan coqueta y tan alegre no se imagina la dama de hierro que esconde y que ha salido adelante a pesar de que la vida le ha puesto las pruebas más dolorosas que pueda imaginarse un ser humano: el cáncer se llevó a su esposo, su hija y su nieto; un huracán le llevó su casa, y una revolución le quitó la patria.

Cosas que nunca imaginó cuando, montada en las ramas de los árboles de la finca en Marianao, soñaba como sería su vida con el enamorado de turno. “Y a cada uno le escribí una declaración de amor”, dice Amelia. Tiene una memoria prodigiosa y es un poco pícara, aún se acuerda de un piropo que le dijo un guardia: “Amelia eres tan bonita como la flor de tu apellido”.

Es una romántica empedernida. “De pequeña me montaba en los árboles a leer las novelas de (José María) Vargas Vila escondida de mi mamá”, cuenta Amelia a quien también le gustaba jugar pelota con los varones, y que siempre andaba con las rodillas raspadas por tirarse a tierra para llegar a home.

Su gusto por la pelota no se quedó en la infancia, en la actualidad Amelia es fan de los Miami Marlins, y todos los días lee la prensa para ver si ganaron. Otro deporte que le gusta es el boxeo, y no perdió la oportunidad para decir que estaba contenta que Mayweather le haya ganado a Pacquiao, a quien ella ve “raquítico”.

“Yo soy guajira”, dice con orgullo. Amelia nació en Marianao, Cuba, en la finca de sus padres el 17 de mayo de 1919. Ahí vivió hasta los 19 años cuando decidió que era mejor sacar a que sacó a la familia para el pueblo porque “ahí no se ganaba nada”.

En Marianao era jefa de las pasarelas y organizaba los desfiles de las muchachas que para graduarse tenían que hacerse su propio vestido y modelarlo; gracias a sus estudios de costura, bordado y cosmetología.

Fue docente en estas asignaturas de señoritas de la época y también llega a ser empresaria ya que tenía máquinas de bordar y sacaba mucho trabajo. “La costura aún me apasiona pero ya la artritis no me deja”, dice con un gesto triste.

Cuando se habla de bordado a máquina, Amelia dice que ella es “toda una cátedra del bordado a maquina de la isla”. Tanto así que dice que el régimen la encomendó a hacer el catalogo del bordado a máquina.

Ella mató “al qué dirán”

Amelia se casó a los 21 por primera vez, de ese matrimonio tuvo a su hija Perla. Ese tambien fue su primer divorcio. No le perdonó la infidelidad y a los 29 años ya tenía una niña y un divorcio encima, en una época que se veía muy mal a las mujeres divorciadas. “Mami yo maté el qué dirán el día que nací”, recuerda que le contestaba a su madre cuando esta se conmiseraba con lo que podría decir la sociedad.

En un par de años se vuelve a casar y se divorcia por que el marido compraba armas y se las llevaba escondidas a los guerrilleros. A ella nunca le gustó la revolución, pero esa escaramuza de su entonces esposo la hizo blanco de persecución por parte del gobierno de Batista y fue sometida al escarnio público.

Aún tiembla cuando recuerda todo el trabajo que pasó en esa época. Aguantó hasta que pudo salir en los vuelos de la libertad en 1966. Llegó a Nueva Jersey donde ella y su nuevo esposo, con el que vivió felizmente por 28 años, hasta que el cáncer de pulmón se lo arrebató en dos meses.

La artritis ha hecho estragos en su cuerpo, pero así y todo saca tiempo y fuerzas para participar en lo que me ha gustado toda su vida

Ella le dice a las mujeres de hoy, que están en relaciones tormentosas que el divorcio no es delito, dijo, “es mas delito ser monigote de un hombre”.

A pesar de que todavía se le traba la tristeza cuando habla de sus tres amores, a Amelia aún le gusta bailar salsa, canta al son de Marc Anthony, uno de sus salseros predilectos.

Pero no deja de ser romántica y confiesa que le encantan las canciones de Ernesto Lecuona (el compositor de Malagüeña), y en el presente admira al baladista mexicano Marco Antonio Solís, tambien conocido como “el Buqui”. Y aunque anda con caminadora de un lado para otro, esta no es impedimento para echarse una bailadita y salir a la pasarela. Actividades que disfruta en la comunidad de adultos de la tercera edad donde vive en Hialeah.

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©2015 El Nuevo Herald (Miami)

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